75 anys dels bombardejos a Barcelona

Barcelona_bombing

El 22 de març del 1938, avui fa 75 anys, Araceli Baruel Coll, una noia de 16 anys que vivia al carrer Muntaner, va escriure aquestes línies en el seu diari. Es tracta d’un testimoni inèdit dels despiadats bombardejos dels dies 16, 17 i 18 de març del mateix any a Barcelona. Val la pena donar-li 5 minuts.

Ya han pasado ocho días sin que haya escrito; la verdad es que ha habido momentos que me pensaba que no escribiría más.

Hemos pasado unos días de bombardeos, horrorosos.

El Miércoles, día 16 del presente mes, a la noche empezó el bombardeo que duró hasta las dos de la madrugada; yo no podía dormir de miedo y de horror al pensar en las personas que en aquellos momentos encontraban la muerte.

Ya de mañana, a las ocho, volvieron; hubo otro más tarde y fueron viniendo regularmente hasta las dos de la tarde; ésta la pasamos tranquilos.

Cuando nos acostábamos volvieron; recuerdo y recordaré toda mi vida, que yo estaba arrodillada encima de mi cama rezando, todo estaba a oscuras cuando sonó una bomba cerca de casa. Nos quedamos suspensas y enseguida estalló otra peor; Mont dijo: “esto es cerca ¿eh?…” La tercera fue horrorosa, todo tembló, el estallido fue imponente, fue seguido de un ruido semejante a una corriente de aire. Estábamos las cuatro asustadísimas, yo temblaba y me oía el corazón que me iba de la Ceca a la Meca… las bombas se fueron alejando y al cabo de un rato pasó la alarma.

Al día siguiente supimos que aquella que habíamos oído tan cerca, había caído detrás de la plaza Adriano, que está dos manzanas más arriba de casa. Aquella noche volvieron otra vez, y también a las cuatro y a las siete. Carmen se fue con papá a El Figaró.

Yo con mamá y un miedo horrible de que me cogiera la alarma por Barcelona, fui a La Boquería; no había nada ni nadie; todo tenía un aspecto de abandono y se respiraba en el aire las horas de tragedia que pasábamos. Los tranvías de las líneas 58 y 64 no podían pasar por la plaza Universidad pues estaba llena de vidrios y faroles destruidos; las persianas de las tiendas de por allí, estaban salidas y dobladas hacia arriba, y los almacenes El Águila bastante mal.

Yo estaba muy impresionada; por la Rambla de Cataluña subimos para ir a casa Monclús y estando así a las nueve y media tocaron las sirenas; me cogió un terror que nunca había tenido y dije a mamá que por lo que más quisiera nos metiéramos en algún sitio, pero que yo no me quedaba en la calle; subimos a casa de tía Lolita, que estaba muy abatida. Recuerdo, que una vez pasada la alarma y ya más tranquilas las tres estábamos hablando y la tía me dijo que llevaba el pelo de un color muy bonito y muy brillante; no sé si contesté algo para no quedar callada pero en mi interior pensé que total para morir todos de la manera que tendríamos que morir, tanto me importaría llevar estropajo en la cabeza; me hacía el efecto de estar esperando algo definitivo, tan definitivo como la muerte.

A las doce volvimos a casa sin nada y encontré a las nenas que hacían sábado de la cocina.

Jaime vino un tanto emocionado porque al salir del cuartel se había tenido que estirar en el suelo a causa del último bombardeo y auxiliar a unas mujeres.

Papá y Carmen vinieron de El Figaró con carne.

A la una otro bombardeo; desde la galería veíamos donde caían por el humo que levantaban; era impresionante.

Los metros y estaciones subterráneas estaban llenos de gente que abandonaban sus casas y dormían allí; otros muchos, subían, Muntaner arriba, cargados con colchones y mantas hacia la montaña del Tibidabo en donde pasaban las noches.

A las tres hubo otro y también estuvimos mirando desde la galería lo que podíamos ver.

Yo estaba entonces limpiando la cocina; Carmen, en medio de todo, aún  tenía ánimos para decir tonterías y cuando yo desahogaba mi ánimo y dejaba entrever mi miedo decía: “no sé porque limpiamos la cocina, porque para morir es igual que esté sucia” y cosas así que me ponían nerviosa.

Me enviaron a llevar la carne a casa de la tía y allí, más muertas que vivas, encontré las Valls Béjar con todos los críos que se habían refugiado, pues a la mañana les había caído una bomba delante de su casa y la habían dejado.

A la noche no volvieron y alguien dijo que habían tirado proclamas, diciendo que daban plazo hasta el Lunes para que se rindieran.

Como la noche del Viernes Pilar no venía, papá puso una conferencia pues temíamos que le hubiera pasado algo; después de muchos entorpecimientos, pues no podíamos comunicar, pudo al fin hablar con ella y enterarse del porqué no venía; Pilar, muy asustada, le dijo que a la mañana mientras hacía cola para el autobús en la Plaza Universidad, había sonado la alarma y enseguida se vio rodeada de humo, gritos, cristales y todo el mundo que corría y se metía en el trozo que hay con plantas… alguien la cogió y llevándola allí le dijo que se estirara y se metiera el dedo o algo en la boca; según nos dijo cuando vino, fue tal el susto que se llevó que se puso a rezar el acto de contrición, segura que de allí se encontraría en el otro barrio… por esto y por miedo a encontrarse a la vuelta oscuro, con otro bombardeo, era por lo que habían decidido que se quedara aquella noche allí.

El día 19, Sábado, bajó por ser el día que era, y vino a comer a casa lo mismo que Jaime. Por la tarde, vino un momento la tía Amalia y tía Eulalia con el tío, pues debido a los bombardeos los unos se habían marchado y los otros no estaban por visitas.

Fue bastante aburrido y triste, al menos yo tenía mucha tristeza. Sin embargo aún tuvimos ánimo para merendar.

El Domingo día 20, a la mañana, vino Adela Gibert. También estaban muy espantadas y se habían refugiado en casa Bofill; según dijo veía muy negro salir con vida de todo aquello; no faltaba más que me lo dijeran, con lo pesimista que yo estaba todavía me puse más y estaba con el susto constante.

El Domingo, o sea el mismo día, vinieron las Valls Béjar; Jaime vino a comer y a la tarde fuimos a casa Valls.

Vi amanecer el Lunes con un terror superlativo, pues según habían dicho, se acababa el plazo  aquel día …; así es que cuando a las 7 sonaron las sirenas yo, creí que aquello iba a ser el acabose y que nos harían tortilla; con gran sorpresa y alegría vimos que no se oían bombas y que pasaba la alarma; dicen que volvieron a tirar proclamas y que nos invitan a rendirnos otra vez ya que si no lo hacemos tendrán que continuar haciendo lo que con pena ya han empezado a hacer. ¿Qué pasará?. ¡Qué Dios nos proteja! …

 

Santa Maria del Mar

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John Langdon-Davies (1897-1971), periodista i escriptor britànic, fou enviat com a corresponsal de guerra pel diari “News Chronicle” a la Guerra Civil espanyola. Al llarg dels seu anys a Catalunya, també va fer parada a Barcelona. Un dia d’aquells, palplantat davant de l’església de Santa Maria del Mar, reflexionava:

Vaig ser davant de Santa Maria del Mar, un dels edificis gòtics catalans més ferms, estranyament viril i completament desafrancesat. Sens dubte, mostra l’esperit català, però l’esperit de la burgesia catalana quan aquesta encara era revolucionària i es trobava al front de l’evolució social. Santa Maria del Mar és una expressió del sentiment religiós però també ho és d’un profund sentit comú pràctic; potser ha donat repòs als àngels però no hi ha dubte que ha satisfet als enginyers i a tots els que consideren l’arquitectura com una exactitud funcional. Santa Maria del Mar va ser construïda per ser pràctica i utilitzada, com un lloc de trobada de la comunitat on fos possible acostar-se a l’esperit de creativitat. Com a tal es mereix el nostre respecte.

John Langdon-Davies, Behind the Spanish barricades (1936).